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El viaje del ecologismo organizado dominante de las últimas décadas

Conferència donada per Samuel Martin-Sosa en la primera jornada del Curs «Capitalisme verd: un via morta. Caixa d’eines contra la mercantilització de l’ecologisme» el dia 21 de setembre de 2019.

Li agraïm la seva col·laboració tant a la xerrada com amb la donació del text.

El viaje del ecologismo organizado dominante de las últimas décadas

Introducción: tácticas y objetivos

 En 1970 tuvo lugar una multitudinaria concentración en la celebración  del primer Día de la Tierra en Nueva York. 50 años después se siguen produciendo movilizaciones masivas como protesta por la situación ambiental. Protestas como la que fue capaz de interpelar a miles de personas que, autodenominándose “protectores del agua”, tuvieron en jaque a las fuerzas del orden estadounidense cuando durante meses acamparon en protesta por la construción del oleoducto DAPL (Dakota Access Pipeline), en solidaridad con los Sioux de Standing Rock. O como las masivas protestas de comunidades contra el fracking que ha recorrido el globo en la segunda década del presente siglo. O las muy recientes movilizaciones de Extinction Rebellion que han logrado movilizar de forma inesperada a miles de habitantes de todas las edades en Reino Unido, extendiéndose posteriormente a otros países.

El Dia de la Tierra de 1970 fue un hito del auge del ecologismo. Los 70 fueron el arranque de la ola de todo el ecologismo moderno. La afiliación a las organizaciones ecologistas aumentó un 38% entre 1969 y 1972. Las organizaciones ecologistas grandes existentes ayudaron a canalizar una conciencia social muy palpable en la sociedad, ante la patente degradación ambiental. Pusieron recursos en la organización del evento, y capitalizaron el éxito en socios: se llevaron 5 de cada nuevos 6 socios de las organizaciones ecologistas esos años. Otras nuevas surgieron (Amigos de la Tierra 1969, Greenpeace, 1971). Movimientos como el Fondo para la Defensa Ambiental (EDF) mostraban una actitud de confrontación con el poder. El lema de EDF, organización nutrida inicialmente por científicos y abogados era, “demandemos a esos bastardos”.

Esa movilización social genuina si revertió en un engrosamiento de las filas del movimiento ecologista organizado. Organizaciones grandes como Sierra Club se convirtieron en el referente frente a Washington, y se inauguró una era en la que progresivamente la imagen del movimiento ecologista estaba dominada por grandes organizaciones que cada vez más se dedicaban a tareas de lobby politico y de presión sobre los legisladores para influenciar las políticas públicas.

En el movimiento ecologista como reflejo del aumento de la concienciación ecológica se han producido varias oleadas a lo largo de la historia. Evidentemente una de ellas se había producido una década antes tras la publicación del libro Primavera Silenciosa (1962), el cual llevó a un nivel sin precedentes la preocupación sobre el medio ambiente en la conciencia colectiva de la sociedad estadounidense. Primavera Silenciosa contribuyó a difundir una visión ecosistémica de los problemas ambientales. Las empresas químicas reaccionaron de forma beligerante ante el cambio en la política nacional sobre pesticidas que el libro insipiró. En último término, la ucha desatada con la publicación del libro llevó a una prohibición a nivel nacional del DDT y otros pesticidas. Además, inspiró un movimiento ambiental que creó las bases para la constitución de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos. Desde muy pronto se observó por tanto la influencia de la conciencia social en las políticas públicas.

Pero la oleada ecologista de los 70, como decimos, fue algo extraordinario, muy impulsada además por todo el movimiento antinuclear. Aunque ya había habido protestas sociales a mediados de los 40 en EEUU (Operacion Crossroad), a mediados de los 50 en Japón (incidente del Lucky Dragon), en Reino Unido en los 50 y 60…, todas muy centradas en la protestas contra las armas nucleares, fue en los 70, cuando estas protestas cogieron más fuerza, especialmente en Europa, con importantes protestas en Alemania Occidental y Francia, pero también a finales de la década en EEUU, donde tras el accidente de Three Miles Island (1979) se llegaron a concentrar 200.000 personas en Nueva York. Y aunque a mediados de los 80, con el accidente de Chernobil, y la escalada de la carrera de armamentos, se produjo un cierto resurgir de estas protestas antinucleares en Europa, no volvieron sin embargo a experimentar la intensidad de los 70. En aquella época de auge, el movimiento antinuclear proporcionó mucha legitimidad social, de presencia en la calle, al movimiento ecologista más político y más alejado de posturas exclusivamente conservacionista.

La diferencia entre las protestas de los 70 y las movilizaciones recientes contra los oleoductos, el fracking o contra el cambio climático y la extinción de especies, es que en las segundas no está el ecologismo. O por lo menos, no es el motor principal. Son movilizaciones que surgen “al margen y a pesar de” el movimiento ecologista. El ecologismo por tanto en cierto modo ha perdido la calle como su lugar natural. Identificamos aquí un primer gran problema relacionado con las tácticas de lucha.

Una primera crítica que podríamos hacer al ecologismo convencional es, por tanto, el hecho de que que quizás haya sobrevalorado las formas más “elitistas” de acción, como los litigios y el cabildeo de alto nivel, sin dejar suficiente espacio para el compromiso popular. A partir de los 70 el ecologismo empezó a crear un movimiento de profesionales y expertos: abogados, economistas y ecologistas que tenían una interacción social limitada y hacían relativamente poco para empoderar a las personas que viven con los problemas ambientales más graves.

Este ecologismo tuvo una influencia muy importante a lo largo de los 70 en la conformación de un arquitectura política e institucional en el plano ambiental. Probablemente sin la explosión social de preocupación ecológica que de la mano del ecologismo se produjo en los 70, no se entendería la celebración de la Cumbre de Estocolmo, organizada en 1972 por NNUU, y que fue la primera gran conferencia internacional para debatir de temas ambientales y que supuso un antes y un después en el desarrollo de la política ambiental internacional. Pero mientras estas nuevas tácticas en los 70 consiguieron toda una plétora de legislación ambiental, que pasó a implicar un montón de prohibiciones de actividades en el mundo occidental, en los año 80 con la llegada del neoliberalismo esta estrategia ya no fue efectiva. Los gobiernos ya no apostaban por legislaciones tajantes que prohibieran actividades nocivas, ante la ofensiva contra la idea de intervencionismo estatal. En lugar de prohibir, se optó por dejar que el mercado intentase solucionar los problemas. Sin embargo el ecologismo no cambió de estrategia en base a la nueva realidad, y permaneció lejos de la calle.

Al tiempo que despuntó el interés internacional por la cuestión ambiental en un marco de gobernanza multilateral, se diagnosticó de forma muy clara cual era la enfermedad: el crecimiento económico como forma de mover las economías. Los límites al crecimiento fue un informe encargado al MIT por el Club de Roma que fue publicado en 1972.Su conclusión clara fue la siguiente: si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años.

Dicho de otro modo, en un planeta limitado las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per capita) no son sostenibles».

Este informe importantísimo fue absolutamente ignorado. Las revisiones posteriores del informe en las décadas siguientes han venido a confirmar los datos que las modelizaciones arrojaban. Es decir, este diagnóstico se ha demostrado cierto por la vía de los hechos. Los pronósticos se han cumplido.

En vez de tomar el camino de ponerle coto al crecimiento, optamos por la via de desarrollo sostenible. El informe Brundtland, que sentó las bases para Río 92, consolidó este concepto como la fórmula mágica a seguir para resolver el lamentable panorama ambiental y social que acababa de diagnosticar. La definición inicial, “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”, sonaba bastante cuerda al incluir el elemento de la autolimitación. Pero el mecanismo propuesto para conseguirlo era más crecimiento, ignorando que este estaba en la raíz del problema. Se asimilaba así crecimiento a desarrollo, el cual debía solventar el problema de la pobreza, y se fiaba la parte sostenible del término a las mejoras tecnológicas, que permitirían en el futuro producir menores impactos.

Según la fórmula IPAT, propuesta en 1971 por Erlich y Holdren, el impacto ambiental (I) depende de la población (P), la riqueza (A=affluence) y la tecnología (T). Es decir, para reducir el impacto podríamos reducir el consumo de recursos per capita, podríamos reducir el número de “capitas” (población) o podríamos aumentar la eficiencia con la que lo usamos esos recursos para que a igual consumo hagamos menor presión sobre los recursos.  El tema de la población es un tema espinoso y bastante tabú. Y como el consumo era algo intocable, la única salida confiar en la eficiencia y la tecnología.

El sistema político abrazó con entusiasmo el concepto de desarrollo sostenible porque le ofrecía una ventana de oportunidad para no tocar el sistema económico y evitar poner ahí el foco. A partir de ahí el término en cuestión fue absorbido por corporaciones e instituciones, que lo planteaban en términos de equidistancia económica, ambiental y social, en una suerte de cuadratura del círculo meramente teórica, ya que el primero de estos elementos seguía marcando la pauta.

El desarrollo sostenible fue conejo que ya salió muerto de la chistera. De la Cumbre de Río 92 nacieron multitud de acuerdos importantes, como la Convención sobre el Clima, el Convenio sobre Diversidad Biológica, la Comisión para el Desarrollo Sostenible, el Principio de Precaución, una larga y ambiciosa lista de promesas conocida como Programa 21, la Declaración sobre los Bosques, etc. Pero la imposibilidad para cumplirlos vendría dada por la realidad de no cuestionar el sistema económico que movía nuestra sociedad. Lo malo de todo esto es que la mayor parte del ecologismo organizado tomó ese camino del desarrollo sostenible también. Y entonces ya no solo perdimos la calle, sino también perdimos el discurso. Podemos decir por tanto que gran parte del ecologismo dominante organizado ha tenido un problema no solo con las tácticas, sino también con los objetivos.

En la Conferencia de Rio+20, en 2012, se produjo una nueva vuelta de tuerca y el concepto promovido fue la economía verde. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) la definía como “aquella economía que es baja en emisiones de carbono, eficiente en recursos, y socialmente inclusiva”, pero al tiempo reconocía que la transición a esa economía verde pasaba “porque las grandes corporaciones y los grandes inversores la encontraran atractiva”.  Aunque parte del movimiento ecologista de las economías ricas se ha mostrado crítico con este enfoque, la mayoría ha intentado verle la cara amable y las potenciales ventajas.

Breve caracterización de los “males” que han afectado al discurso ecologista

Durante la era dorada del desarrollo sostenible, en las últimas tres década el ecologismo mainstream ha adolecido de varios males. Por supuesto lo que viene a continuación son generalizaciones. Un retrato de trazo grueso sobre algunos de los principales elementos que han configurado la forma de actuar del ecologismo más institucional.

Reduccionismo

A menudo el ecologismo ha tenido una agenda estrecha de agua, especies en peligro y bosques. Por lo general ha tendido a moverse (muy bien) en el estrecho corsé del espacio que dejaba la política real, pero sin mirar más allá de lo no que estaba en discusión en el plano político o en la tubería legislativa etiquetando incluso los debates más sistémicos como “discusiones culturales” que no son realistas.

Eso ha condicionado cuáles eran considerados como los problemas ambientales prioritarios. A menudo, por ejemplo, se ha puesto el foco en el medio natural (como algo prístino a conservar), dedicando menor atención a entornos humanos artificiales como vecindarios y lugares de trabajo. La apuesta prioritaria por la preservación de espacios ha sido una constante en el movimiento ecologista. Esto ha dado en ocasiones cierta imagen de que el movimiento ecologista amaba la naturaleza salvaje pero no le importaban al mismo nivel los lugares donde la gente vivía, trabajaba, jugaba y aprendía.

En general el movimiento ecologista ha adolecido de un ausencia de visión de conjunto, sistémica, que ofreciera una explicación plausible y sincera de la relación entre el metabolismo económico y los problemas ambientales. Se han dado por buenas las burbujas ambientales, como la Unión Europea, con una legislación ambiental avanzada y con la mayor red de espacios protegidos del mundo (Natura 2000), asumiendo la premisa falsa de que era un modelo exportable a todo el mundo, e ignorando deliberadamente el hecho de que precisamente esa burbuja se sustentaba gracias a tremendos desequilibrios geopolíticos y planetarios.

Así, el ecologismo ha aceptado la política ambiental como un cajón estanco, y ha renunciado durante décadas a hablar, por ejemplo, de economía, o tan solo lo ha hecho para pedir más fondos para la protección ambiental, como si se pudiera arreglar con una mano lo que la otra destroza. Un gran ausente en los debates de la mayoría de las organizaciones ecologistas ha sido la política comercial, que nos aporta una dolorosa información sobre los lugares de donde proceden los recursos que sustentan nuestro insostenible modo de vida.

Es decir, las organizaciones ecologistas se han puesto en buena medida las orejeras, centrándose en el medio ambiente regional de las economías del norte y han ignorado las externalizaciones, la justicia social, sin querer ver las implicaciones que, por ejemplo, tenían los tratados comerciales. Naomi Klein en su libro “Esto cambia todo”, recoge un extracto de una entrevista a una portavoz de Sierra Club, una de las organizaciones ecologistas más grandes de EEUU:

Según Ilana Solomon, analista de comercio para el Sierra Club, esa no es una lucha que el movimiento climático pueda seguir rehuyendo: Para combatir el cambio climático, tenemos la necesidad real de iniciar una «relocalización» de nuestras economías, y de reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos. Pero la regla más básica del actual derecho mercantil internacional es que no se puede favorecer lo local o nacional sobre lo global o foráneo. Y ¿cómo podemos siquiera abordar la idea de la necesidad de incentivar las economías locales vinculando las políticas de creación de empleos verdes locales con las de fomento de las energías limpias cuando eso está simplemente prohibido por la política comercial? […] Si no tenemos en cuenta cómo está estructurada hoy la economía, nunca llegaremos realmente a la verdadera raíz del problema.

 Tomar consciencia de esto en 2013 (fecha de la entrevista) implica que se ha estado ciego mucho tiempo. Por su parte, la principal federación de agrupaciones ecologistas de la Unión europea, el Euroepan Environmental Bureau (EEB) ha estado durante años bloqueando cualquier atisbo de debate no solo sobre el decrecimiento sino sobre los propios tratados comerciales, y solo de forma muy reciente se ha venido abriendo a estas consideraciones.

Tecnooptimismo

Como hemos mencionado, la vía que le quedaba al capitalismo para aparentar ser verde sin renunciar al crecimiento es la de la eficiencia y la tecnología. Mejorar los procesos para que sean más eficientes y así consumir menos recursos. Durante años se ha planteado como escenario posible el desacoplamiento absoluto, es decir, llegar a desacoplar el crecimiento económico de los impactos ambientales, de forma que los impactos vayan bajando mientras el crecimiento económico sigue subiendo. En base a esta idea, el capitalismo verde ha logrado por tanto despolitizar cuestiones que son políticas y presentarlas como meras coyunturas que necesitan soluciones técnicas. Y en ese viaje ha arrastrado a buena parte del movimiento ecologista, que ha asumido en buena medida que mediante la innovación tecnológica se puede prevenir la espiral de degradación ecológica en una economía en crecimiento constante. El tecnooptimismo ha triunfado no solo entre el ecologismo , sino en todo el imaginario social: la actitud que el capitalismo verde ha promovido, se resume en la frase: ya se inventará algo.

Sostenibilidad “elástica”

Se ha creado un paradigma de la sostenibilidad donde todo es posible si “se hace bien”. O dicho de otro modo, siempre hay una forma sostenible de hacer las cosas. El ecologismo ha sido un observador impasible, a menudo, de la aplicación gratuita del término sostenible a todo, sin ningún rigor. Esta idea ha llevado al ecologismo a aceptar malabarismos dialécticos y a comulgar con algún oxímoron tan chirriante como el del carbón limpio: el problema no es el carbón, sino que es un carbón que emite: hagámoslo sostenible capturando sus emisiones.

También se ha producido una exaltación de la Evaluación de Impacto Ambiental como método valedor de la sostenibilidad de los proyectos. Durante años parecía como si todo proyecto que hubiera sido sometido a esta evaluación ya era un proyecto aceptable desde el punto de vista ambiental. El movimiento ecologista ha renunciado a menudo con demasiada facilidad a disputar la opción cero, asumiendo con excesiva facilidad la idea de que hay que aceptar la opción más sostenible (o menos mala) de las tres -y defenderla con uñas y dientes-, con cierta actitud timorata ante la idea de ser acusados de “oponerse a todo”.

Tecnificación y solucionismo de mercado

El debate sobre el cambio climático desde Rio 92 ha sido progresivamente arrinconado en un espacio complejo de solución técnica, cuando el cambio climático es principalmente un problema económico y político. El debate técnico, jurídico, economico,… se ha complejizado, alejando cualquier posibilidad de discusión social. El debate era necesariamente relegado a los “expertos”. La jerga en este plano se hace muy especializada e inalcanzable para la gran masa social y para los movimientos de base. Al haber aceptado y entrado de lleno a esta “delimitación del debate” (en palabras de Alastair McIntosh)  al plano de la tecnificación, el ecologismo ha renunciado por la vía de los hechos a implicar a la sociedad en las soluciones. La aceptación de entrar a la gris sala de la negociación técnica, ha traído como resultado una incomparecencia ante la sociedad por parte del movimiento ecologista, y una defraudación de expectativas

Además, el debate de las soluciones ha estado dominado, a parte de por las expectativas tecnológicas y las mejoras en la eficiencia, por un marco estrecho basado en instrumentos de mercado, como el sistema de comercio de emisiones. Buena parte del movimiento ecologista ha entrado a estos discursos y a moverse en este reducido espectro de las opciones, renunciando a una cosmovisión emancipadora. Aceptar estos mecanismos de mercado como la principal vía de solución, ha supuesto un inestimable servicio a las empresas y los intereses económicos responsables del cambio climático, ha vaciado al movimiento de cualquier ideal progresista.

El ecologismo en ese sentido se puede decir que “ha fallado” a la sociedad, autocercenándose objetivos maximalistas, ilusionantes y transformadores, para después creerse y hacer creer que en esas salas estaba solucionando los problemas ambientales que evidentemente preocupan a la gente. A la luz de los hechos esto no ha sido así.

La justificación muchas veces esgrimida por el ecologismo más pragmático ha sido la de “frente a lo inalcanzable del idealismo, consigamos algo realista aunque sea menos ilusionante”.Una versión del “más vale pájaro en mano, que ciento volando”, que se puede resumir en este ejemplo: si no se puede cerrar una térmica de carbón en Europa, al menos podemos conseguir que una comunidad indígena de Latinoamérica compense sus emisiones de carbono comprometiéndose a no talar árboles en un bosque. La duda eterna, que probablemente nunca podrá ser resuelta, es si esa actitud “posibilista” y amable alarga la agonía o, a una escala relativa, produce realmente mejoras para la vida de la gente (aún teniendo efectos negativos pata algunas comunidades). En cualquier caso lo que parece indudable es que el ecologismo dominante ha fallado estrepitosamente en dar respuesta a los problemas globales al elegir esa vía.

Supeditación al win-win

 Gran parte del ecologismo ha entrado de lleno al discurso del win-win (ganar-ganar), centrándose solo en las soluciones que produce beneficios para la economía y para el medio ambiente a un tiempo. Como desde el ecologismo se ha asumido ese concepto de las tres patas equidistantes de desarrollo sostenible, se ha echado a la espalda la obligación de velar por asegurarse de que aquello que defendía y proponía, estuviera a prueba de beneficio económico. El ecologismo se ha convertido así en el mejor abogado de la pata económica (cosa que no se puede decir que hayan hecho los empresarios con la pata ambiental). El mensaje principal en esta retórica es que el desarrollo de la sociedad industrial, el crecimiento económico y, en definitiva, el capitalismo, no son incompatibles con la conservación del medio ambiente: no hay que elegir entre medio ambiente y economía.

De forma implícita esto ha llevado al movimiento ecologista a asumir como inevitables los daños colaterales o las zonas de sacrificio: aceptar determinados efectos es inevitable. Aunque a menudo estos efectos eran más fáciles de aceptar porque se producían lejos de aquí, en países y comunidades de países del Sur, fuera de su radar de acción.  Además esto ha implicado aceptar como inevitable el concepto de la compensación como algo asumible: puedo arrasar con esta zona, porque voy a recuperar o conservar aquella otra.

Dependencia económica

 Esa excesiva tecnificación y profesionalización que mencionábamos, como parte de esa andadura hacia tácticas muy exclusivamente basadas en el trabajo de despachos, ha ido ligada a una dependencia económica importante de determinados intereses económicos por parte de algunas grandes organizaciones ecologistas. Los convenios con grandes empresas como Cocacola, Visa, o Toyota, han “obligado” a algunas organizaciones a dar visibilidad a la Responsabilidad Social Corporativa de estas empresas y a mirar para otro lado respecto a sus “pecados” ambientales o su papel estructural en la economía. Probablemente existe el entendimiento por parte de algunas de estas organizaciones de que estos acuerdos están justificados en aras de un beneficio ambiental mayor: aunque esos lazos financieros pueden comprometer la imagen, en realidad el fortalecimiento que suponen para la organización la posicionan mejor para luchar por la protección ambiental. 

Al entrar a estas salas de negociación con los responsables del problema, y al dejarse financiar por ellos, parte del ecologismo ha adolecido de una “ceguera forzosa” a la hora de identificar a los culpables, que no podían ser ya esas empresas que al fin y al cabo estaban haciendo “esfuerzos”, Al eliminar la confrontación, la acusación se ha transmutado en un aliento a mejorar el nivel de ambición, a invocar una mayor voluntad política, etc en la asunción de que “todos” estábamos en el mismo barco y “todos” eramos parte de la solución. Solo esto explica que la Cumbre del clima de Polonia en 2013 estuviera patrocinada por las empresas de combustibles fósiles.

En los años 80 surgieron en EEUU algunas grandes organizaciones ecologistas que no habían pasado por la radicalidad de los años 70, y cuyo perfil era ya de abierta colaboración con la empresa privada. Y otras que si habían estado en la brecha en esos primeros setenta, cambiaron radicalmente su enfoque, experimentando una conversión “proempresarial”. Como el EDF, que pasó de quere demandar a los bastardos, a comer con ellos habitualmente. Organizaciones en EEUU como Conservation Fund o Conservation International llevaban a gala su espíritu colaborador y “no confrontativo” con las grandes corporaciones, a las que consideraban necesarias para el progreso social, El nuevo enfoque pasaba por mostrarles las tremendas oportunidades de negocio -y de lavado verde de su imagen- que la protección ambiental ofrecía, incluyendo la propia financiación de las actividades de estas organizaciones ecologistas. 

Alejamiento de los problemas sociales

A menudo el ecologismo ha hablado para clases medias altas, adoleciendo de cierto elitismo. Mientras que las personas con mayor nivel de vida tienden a dar por sentado los espacios de vida limpios y seguros y pueden escapar a lugares salvajes que se perciben como «naturales», las personas pobres a menudo tienen pocas opciones diferentes a pasar sus vidas en entornos artificiales comprometidos. Muchas de las opciones de consumo sostenible que se han promovido desde determinados sectores del ecologismo son también elitistas (coches eléctricos, alimentos orgánicos, materiales ecológicos que son más caros,…)

El ecologismo dominante durante mucho tiempo no ha hablado de cómo se distribuyen los daños y beneficios ambientales, lo cual es especialmente importante cuando la distribución sigue patrones de discriminación basados en la pobreza, los sectores de población más marginales En muchas luchas de base que se dieron en esos 70’s, si estaba presente el asunto social, racial,…eran luchas sobre las decisiones de ubicar actividades ambientalmente nocivas (basureros, plantas tóxicas,…) en códigos postales donde vivía la gente más pobre. Las leyes ambientales de la década de 1970 logran muchas cosas, pero no afrontaron la desproporción de estos impactos.

Buena parte de ecologismo, a medida que las actividades más intensivas en extracción de recursos, intensivas en producción de energía e intensivas en contaminación, se han ido externalizando a otros países, se ha ido olvidando de esos temas.

Este rasgo de esquivar el elemento social ya estuvo presente en movimientos tempranos. Volvamos a Rachel Carlson, en los sesenta. Su libro describía un mundo envenenado, donde los pesticidas pasaban por el aire, el agua y el suelo, para entrar en los cuerpos de animales y personas, y propagar enfermedades y muertes por doquier. Carlson ayudó a crear una conciencia ecológica generalizada, y también a conectar esa conciencia con una sensación de miedo y crisis que ayudó a promulgar leyes contra la contaminación en la década de 1970. Pero su gran libro, que siguió a los pesticidas durante casi todo su ciclo de destrucción, ignoró a los trabajadores agrícolas principalmente latinos de California y Florida, que estuvieron directamente expuestos a los pesticidas en su actividad laboral en los campos. Las víctimas humanas de los pesticidas, según cuenta Carson, vivían en la icónica ciudad pequeña y suburbana de Estados Unidos. Eran implícitamente blancos y anglos. No eran trabajadores. De modo que Carson, nos muestra como en cierto modo la estrechez del ecologismo convencional estaba ya ahí “al principio”.

Podemos preguntarnos sobre por qué se dejó persuadir el ecologismo dominante por el desarrollo sostenible. La dialéctica neoliberal es sin duda atractiva, y buen parte del ecologismo ah vivido convencida de que era posible solucionar el problema ambiental a través del crecimiento. La curva ambiental de Kuznets nos dice que la relación entre impacto ambiental y aumento del PIB sigue la forma de una campana. Así, una economía en proceso de industrialización aumenta su impacto ambiental pero solo hasta un punto de inflexión en el que el impacto empieza a bajar mientras el crecimiento económico sigue aumentando. Los excedentes económicos generados por el crecimiento pueden, a partir de determinado punto, empezar a usarse en reparar y mitigar el daño ambiental causado, y la economía puede pasar de ser intensiva en recursos y energía a especializarse en servicios. Esta teoría “olvida” que esta transmutación implica que los procesos intensivos en recursos y energía han sido “trasladados” a otras partes del mundo.

En cualquier caso parece que en parte, el ecologismo se alejó de la causa social porque entendió que ese problema ya estaba siendo atendido y resuelto. Asumió que esa extendida teoría económica que dice que la creación de riqueza en una sociedad acaba en algún momento goteando (trickling down) hasta acabar impregnando a las capas más bajas, era cierta. goteo hacia abajo se iba a dar. Por tanto crear parques nacionales para el asueto de la clase media blanca, también acabaría siendo algo que beneficiara a la clase inmigrante trabajadora porque su situación iba a solucionarse muy pronto. Desde el movimiento ecologista se ha tenido, por decirlo de algún modo, mucha fe en que los objetivos del milenio iban a solucionar la pobreza.

 La nueva encrucujada

El desarrollo sostenible ha muerto, se ha demostrado ineficaz. El capitalismo verde no nos salvará. Ahora es necesario convencer al ecologismo dominante de esta evidencia.  Algunos ya están dando pasos en ese discurso. Otros movimientos ecologistas más radicales en su discurso que nunca se adentraron en la lógica proempresarial, ven ahora sus demandas históricas crecientemente fortalecidas. Nuevos movimientos sociales emergen en estos tiempos convulsos.

Los movimientos de justicia ambiental y justicia climática han resurgido con fuerza en la última década como una respuesta ante el ecologismo más mainstream, convertido en una élite, preocupado en torno a especies emblemáticas, alejado del medio rural y del discurso sistémico.

El movimiento ecologísta más político y menos conservacionista formaba en sus inicios parte de una lucha antisistémica global, donde se visibilizaba bien que el sistema capitalista que oprimía a las clases populares era el mismo que oprimía cada vez más lugares prístinos del planeta y acaparaba y financiarizaba cada vez mayores esferas de la vida humana y no humana. Y por tanto era un movimiento que podía avanzar bien de la mano de otras luchas sociales como las laborales. Ahora esta dimensión ha encontrado cierta reconstrucción cuando se empieza a poner la transición energética justa en el centro de las reclamaciones, algo que ha definido a los movimientos de justicia climática.

Aquel movimiento ecologista de los 70 tuvo versiones del ecologismo que eran menos lideradas por expertos/técnicos y mas confrontativas, que las versiones que finalmente “ganaron”. Y la relación sindicalismo/ecologismo pudo haber tomado otros derroteros. Por ejemplo a comienzos de los 70 una organización sindical insurgente en EEUU llamada Mineros por la democracia, durante un periodo corto tomó las riendas de a la United Mine Workers of america que estaba atravesada de casos de corrupción. Y empezaron un trabajo importante no solo de exigir regulaciones de seguridad contra los desastres en las minas y las enfermedades laborales de los mineros, sino que propusieron que si no había forma ambientalmente responsable de llevar adelante la actividad minera, evitando montañas de residuos, arroyos contaminados etc, los mineros deberían negarse a participar en esa producción. Proponían que se forzara mediante huelgas en los sitios de trabajo a que se aplicara estas normativas ambientales y de salud.

Posteriormente desde el ecologismo ha habido acercamientos a los sindicatos y se han hecho cosas en materia de, por ejemplo, sustancias químicas, en los centros de trabajo. Pero a nivel global los dos movimientos no han hecho otra cosa que alejarse, y desde el mundo laboral ha sido habitual ver al ecologismo como una amenaza. Nunca más el movimiento obrero se volvió a ecologizar ni el movimiento ecologista tuvo en a las personas trabajadoras en el centro de sus demandas. Ya en 1977, por seguir con EEUU, uno de los principales sindicatos del sector automovilístico (UAW)-United Automobile Workers- se opuso al endurecimiento de la Clean Air Act. En la campaña de Trump un sector negacionista fundamental que le ha apoyado ha sido el de los mineros, que salieron también públicamente a contrarrestar la campaña presidencial de Al Gore en el año 2000.

Esa reunificación entre lucha ecologista y lucha por la justicia social tiene que producirse para que haya una esperanza de conversión radical en la sociedad. Un hito que merece la pena ser reseñado es el de los chalecos amarillos, en Francia. Este movimiento  incluso comenzó como una reacción contra una medida ambiental -la subida de los impuestos al diesel por el gobierno de Macron-, percibida como antisocial por una gran parte de las clases populares, incluyendo el mundo rural. El movimiento en ocasiones ha caminado tanto por el filo del populismo nacionalista de la extrema derecha, como por el de los movimientos por la justicia social. Y aunque el riesgo de que pueda dar bandazos hacia cualquier de los lados en un futuro está latente, la evolución ha sido claramente esperanzadora. En primavera de 2019 la Asamblea Nacional de asambleas de chalecos amarillos, reunida en Saint-Nazaire, aprobó una resolución por la convergencia ecológica llamando a una rebelión contra el actual acaparamiento de todo lo vivo. En ella se afirma que es la misma lógica de la explotación infinita del capitalismo la que destruye los seres humanos y la vida en la Tierra. Su lema “fin de mes, fin del mundo: la misma historia” resume bien su deriva a una visión sistémica ilusionante.

En cualquier caso el ejemplo de los chalecos amarillos nos muestra un escalado en las tácticas, que entran de plano en el tereno de la desobediencia. Y eso tienen en común con otros movimientos emergentes como los Fridays for future (que desobedecen al no ir a clase), XR, o las movilizaciones de 2020:Rebelión por el Clima. El salto a la desobediencia es un cambio en la conversación social. Hace un año el IPCC nos advirtió que quedaban apenas 12 años para revertir un aumento de temperatura que condena a la muerte a miles de vidas. Transcurrido un año, la transición ecosocial ni asoma por la ventana, ni parece que se la espere. Necesitamos otras tácticas para salir a buscarla. Dice Isidro López que en estos tiempos de desaparición de la clase media y el estado de bienestar -y la consiguiente insatisfacción con la democracia-, “quien sólo busque asiento en el Estado, caso de la inmensa mayoría de las izquierdas, puede verse en lugares muy incómodos si se producen estallidos sociales”. Esto es aplicable al ecologismo dominante. Estos estallidos ya se están empezando a producir, pero el sentido en el que lo hagan, puede significar el día o la noche en cuanto a los valores que se sitúen en el centro de la reivindicación. Por eso es urgente posicionarse y no esperar a revueltas futuras, sino ser nosotras la revuelta.

Samuel Martín-Sosa

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La  xerrada donada per Samuel Marin-Sosa es pot veure en aquest enllaç 

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