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El virus que une a los negacionistas

La pandemia se ha convertido en un aglutinador capaz de reunir bajo la misma pancarta a utópicos antisistema, colectivos alternativos seducidos por las pseudociencias y reaccionarios de extrema derecha

“El negacionismo es un virus y los virus son contagiosos”

A veces, las actitudes negacionistas son también una forma de eludir una verdad incómoda, una reacción ante discursos bienintencionados que causan ansiedad social, como el ecologismo catastrofista. Si el futuro va a ser tan horrible, mejor ignorarlo.

La gran contradicción de la sociedad de la información es que cualquiera tiene al alcance de la mano tal cantidad de datos y opiniones que puede caer en el autoengaño de considerarse tan bien informado como el más acreditado de los expertos. El problema es que para tener acceso a la información rigurosa es preciso tener un bagaje formativo y cultural previo que permita distinguir las fuentes fiables de las que no lo son. Y no todos lo tienen. Antes era más fácil tener conciencia de la propia ignorancia. Ahora, es el propio sistema de comunicación el que fabrica la ilusión de que poseemos todo el conocimiento que necesitamos.

Milagros Pérez Oliva 19 SEP 2020

Manifestación en Madrid, en agosto pasado, de negacionistas el virus covid-19.
Manifestación en Madrid, en agosto pasado, de negacionistas el virus covid-19.

Refutadores del cambio climático, antivacunas, terraplanistas, creacionistas… y ahora antimascarillas que piensan que el coronavirus forma parte de un complot universal para controlar a la humanidad. Las teorías de la conspiración siempre han tenido adeptos, pero últimamente viven una época de esplendor gracias a las redes sociales. Algunas de estas teorías tienen una presencia pública notable y han logrado colonizar la mente de personas importantes, entre ellas la del presidente de EE UU, un hecho sorprendente no tanto porque alguien como Donald Trump pueda ser abducido por teorías acientíficas e irracionales sino porque alguien con ese perfil haya podido llegar a la Casa Blanca.

El negacionismo crece por una mezcla de desinformación y desconfianza hacia las instituciones y el sistema

El coronavirus se ha convertido en un aglutinador capaz de reunir detrás de la misma pancarta a una amalgama que va desde utópicos antisistema y colectivos alternativos seducidos por las pseudociencias a grupos reaccionarios de extrema derecha. Esa extraña mezcla logró reunir el 29 de agosto a 20.000 personas en Berlín y a varios miles el 5 de septiembre en Roma y Edimburgo. En Madrid, 2.500 personas se manifestaron el 16 de agosto para denunciar “un plan para recortar las libertades”. Entre los promotores de la marcha figuran Fernando Luis Vizcaíno, que se presenta como profesor de yoga y astropsicólogo; Luis de Miguel Ortega, abogado de la fundación Terapias Naturales; Carlos Garcés, dirigente de Vox y promotor del “movimiento por un despertar ciudadano”, y un grupo especialmente peligroso, Médicos por la Verdad, porque utiliza en vano el nombre de la medicina para negar la evidencia científica. Todo eso con un mefistofélico Miguel Bosé actuando en las redes como el brujo de la tribu al grito de “Yo soy la resistencia”.

En esa actitud contestataria radica precisamente la fuerza de este fenómeno capaz de fertilizar las más estrafalarias teorías de la conspiración. “El negacionismo es un virus y los virus son contagiosos”, advierte Michael Specter, autor del libro Negacionismo. Cómo el pensamiento irracional frena el progreso científico, daña el planeta y amenaza nuestras vidas.

Las teorías de la conspiración se nutren de dos elementos peligrosos: la negación de la evidencia científica y una gran desconfianza hacia las instituciones y la política. Como todas las falacias que prosperan, estas teorías suelen utilizar elementos y datos de la realidad, pero retorcidos y distorsionados. El estado de alarma restringe la libertad de movimientos, ciertamente, pero los negacionistas de la pandemia lo presentan como la prueba de que hay un complot para utilizar el coronavirus y la tecnología 5G para dominar a la población. Michael Ballweg, organizador de la manifestación de Berlín, es un empresario informático de Sttutgart que ha fundado el grupo “Querdenker-711” (Pensadores inconformistas -711). Todos tienen en común su insistencia en negar las fuentes de autoridad, ya sean científicas o políticas, y presentarse como defensores de la libertad.

Quienes dirigen esas campañas no son ignorantes, pero se aprovechan de la confusión y el miedo que mucha gente siente ante un futuro incierto. A ello hay que añadir la dificultad para entender lo que pasa en un tiempo marcado por la aceleración, el cambio y la complejidad. A veces, las actitudes negacionistas son también una forma de eludir una verdad incómoda, una reacción ante discursos bienintencionados que causan ansiedad social, como el ecologismo catastrofista. Si el futuro va a ser tan horrible, mejor ignorarlo.

En plena pandemia de miedo, mucha gente busca alivio en teorías de corte mágico que no necesitan demostraciones

El negacionismo crece por una mezcla de desinformación y explotación interesada de la desconfianza hacia las instituciones y el sistema. En plena pandemia de miedo, mucha gente busca alivio en teorías de corte mágico que no necesitan demostraciones. Muchos de quienes abrazan las pseudociencias creyendo que así se libran de los perversos intereses de la Big Pharma, son incapaces de ver que cuando se entregan al gran placebo de las terapias alternativas también están alimentando un suculento negocio.

Parece increíble que con tanta evidencia científica puedan prosperar teorías tan peregrinas. La gran contradicción de la sociedad de la información es que cualquiera tiene al alcance de la mano tal cantidad de datos y opiniones que puede caer en el autoengaño de considerarse tan bien informado como el más acreditado de los expertos. El problema es que para tener acceso a la información rigurosa es preciso tener un bagaje formativo y cultural previo que permita distinguir las fuentes fiables de las que no lo son. Y no todos lo tienen. Antes era más fácil tener conciencia de la propia ignorancia. Ahora, es el propio sistema de comunicación el que fabrica la ilusión de que poseemos todo el conocimiento que necesitamos.

 

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