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Encarar la guerra de Ucrania desde el pacifismo y el ecologismo

A la hora de enfrentar una guerra hay distintos ámbitos. Uno de ellos es el cultural, que determina el alcance de los imaginarios belicistas y de los pacifistas

Edu León

A la hora de enfrentar una guerra hay distintos ámbitos. Uno de ellos es el cultural, que determina el alcance de los imaginarios belicistas y de los pacifistas. En el arranque de la guerra de Ucrania, los primeros están ganando terreno y es central que esto cambie, pues uno de los parteaguas de cómo gestionamos colectivamente el colapso sistémico en el que nos encontramos es si lo hacemos mediante la fuerza bruta, lo que nos va a llevar a más sufrimiento colectivo, pero sobre todo de las personas más vulnerabilizadas; o lo hacemos articulando relaciones de apoyo mutuo y cooperación. Cuanto más se refuerce el belicismo, más crecerá el gasto militar (en detrimento del resto), las opciones autoritarias, los nacionalismos excluyentes, la xenofobia o los fascismos.

El pacifismo se encuentra en un fuego cruzado (nunca mejor dicho) entre distintos militarismos de izquierda y de derecha respecto a su posición en la guerra de Ucrania. Creo que la crítica más fuerte que se le dirige es que la única manera de parar la invasión de las tropas rusas de Ucrania es la respuesta militar, pues no se va a producir la retirada solo activando la vía diplomática. Este texto intenta dar respuesta a ese argumento. Y lo hace no con certezas, sino con dudas. Mucho de lo expuesto a continuación debe entenderse como una reflexión abierta que, en ocasiones, puede ser tener incluso elementos contradictorios.

Antes de entrar en en el tema, es importante subrayar que la petición al pacifismo de “dame una solución a la guerra” es tramposa, porque justo el centro del trabajo pacifista está centrado en poner en marcha políticas para que las guerras no estallen. Es como cuando has propuesto un montón de medidas para transportar los huevos sin que se rompan, pero cuando se rompen, porque no se han puesto en marcha, te espetan, “¿y ahora qué?”. Pero, como no tiene sentido llorar sobre la leche derramada, lamentar lo que pudo (y debió) ser, pero no fue, desde el pacifismo nos tenemos que meter en el fango de cómo encarar la guerra de Ucrania. Un fango en el que ya no existen opciones buenas, sino malas y menos malas. En ese fango, todo gira alrededor de cómo conseguir una negociación lo más equilibrada y justa posible.

Pero, a la vez, nos encontramos en una situación de crisis ambiental insoslayable. Lo es por sus fuertes implicaciones, que ya estamos sufriendo. Pero también es insoslayable porque no podemos postergar en el tiempo políticas radicales que minimicen la posibilidad de que avancemos hacia los peores escenarios climáticos y ecosistémicos. Esto, inevitablemente, tiene que atravesar nuestra acción frente a la guerra de Ucrania.

Distensión

En cualquier conflicto que se persiga una resolución pacífica es necesario un proceso de distensión. Como resulta obvio, una escalada armamentística es todo lo contrario de lo que hay que hacer. Quien apueste por el envío de armas debe poder responder con bastante seguridad que esto va a reducir el sufrimiento, algo que no es sencillo, pues no hay precedente histórico que avale que una escalada de un conflicto ha reducido el dolor, sobre todo de las personas más vulnerabilizadas.

De este modo, la respuesta de la UE, Estados Unidos y la OTAN a la agresión rusa sobre Ucrania está lejos de resolver el problema. Más bien está en la línea de las políticas de tensionamiento de las relaciones con Rusia características del bloque ganador de la Guerra Fría desde la caída de la URSS. Probablemente, no nos encontraríamos en esta situación si EE UU y la UE no hubiesen llevado a cabo un proceso de ampliación continuado de la OTAN hacia el este con clara vocación imperialista. Un elemento central de la distensión y de la negociación es el compromiso de la OTAN de no continuar su ampliación hasta la frontera rusa. Nos sobran armas, pero sobre todo nos sobra más OTAN (bueno, podríamos cambiar el “más” por “la”).

La distensión, más allá de por parte de los gobiernos, debe llevarse a cabo por parte de las poblaciones. No es producente cortar los lazos con la población rusa, sino todo lo contrario. Por eso, no ayuda la expulsión de los equipos rusos de las competiciones. Tampoco censurar los canales de noticias rusos, por más que puedan ser propaganda del gobierno de Putin, como la mayoría de los de aquí lo están siendo de los europeos y del estadounidense. Tenemos que acoger a la población refugiada ucraniana y a la represaliada rusa (y por supuesto también a la de otras guerras y conflictos). Especialmente a aquella que es desertora.

Presión mediante boicot

Aunque parezca contradictorio, junto a la distensión es necesaria la presión, al menos en este momento del conflicto. Para que exista negociación real (y no capitulación), las partes tienen que nivelar su poder, que ahora mismo está desequilibrado en el plano militar. Para ello, una herramienta es la del boicot, algo que hemos pedido repetidas veces por parte de los movimientos sociales para Israel mediante la campaña de BDS. Este texto reflexiona alrededor de esta medida, pero no porque sea la única, ni probablemente la más importante a implantar, sino porque es especialmente delicada y puede ser catalizadora de cambios imprescindibles en la UE.

La UE y EE UU han puesto en marcha algunas medidas en este sentido, la más significativa es la expulsión de algunos bancos rusos del SWIFT, pero no de todos para garantizar que el flujo fósil sigue llegando a la UE.

Porque el elemento central del boicot, para que sea efectivo, es el energético, no en vano las ventas de combustibles fósiles significan dos tercios de los ingresos del Gobierno ruso y estas exportaciones se realizan en gran medida hacia la UE (48% del petróleo, por ejemplo). Rusia no va a conseguir con facilidad otros mercados tan energívoros y pudientes como el europeo en un contexto de fuerte presión por parte del bloque EE UU-UE y de escalada internacional de precios. China tal vez podría absorber una parte importante del petróleo ruso (importa 10 millones de barriles al día, dos de ellos de Rusia), pero no el gas, pues tendría que construir primero la infraestructura para hacerlo posible.

El asunto no es solo energético, sino también material. Rusia es el primer extractor del mundo de paladio (40% de la extracción) y está en los primeros puestos en platino (10%), cobalto (4%), níquel (7%), aluminio (6%) y uranio. Muchos de estos elementos son determinantes en las industrias de EE UU y de la UE, que son sus principales compradores.

Pero, como resulta obvio, un boicot a las exportaciones de materias primas energéticas y materiales rusas tiene una cara B: las consecuencias en las otras potencias en el conflicto, EE UU y, sobre todo, la UE.

Impactos en la UE

Europa importa de Rusia el 45% del gas que consume (varios países el 100%), el 50% del carbón y el 30% del petróleo. Ante un corte de esa magnitud no hay capacidad de sostener los niveles actuales de consumo.

El gas es el ejemplo más claro. En primer lugar, el otro gran suministrador de la UE, Argelia, ha alcanzado ya su pico de máxima extracción, además de que se encuentra en una confrontación creciente con Marruecos. No va a poder aumentar el flujo de gas.

De este modo, la opción se dirige hacia la llegada del gas no mediante tubería, sino por buques metaneros, una opción mucho más costosa energética y económicamente (por eso solo llega el 10% del gas que consume la UE por esta vía). Para ello, la posición de España es central, pues aglutina el 25% de las regasificadoras de la UE. Pero las importaciones por gasoductos desde Rusia a la UE y Reino Unido en 2020 fueron más de 17 veces la capacidad de exportación actual de España con Francia. Y en un contexto de emergencia climática desde luego la opción no puede ser construir más infraestructura gasística (regasificadoras, más conexión con Francia mediante el MidCat). Además, aunque quieran (que quieren), los gobiernos no van a poder desarrollarla a tiempo para afrontar la crisis que ya tenemos encima.

En el caso del petróleo, la cosa no es mucho más fácil. En el planeta se extraen unos 95 millones de barriles diarios de crudo, pero solo 40 millones quedan disponibles para la exportación (el resto lo consumen los países extractores). Rusia extrae 10,3 millones de barriles, de los que exporta unos siete millones (el 17% del petróleo disponible en el mundo). De ellos, Rusia exporta a EE UU, la UE y sus aliados unos tres millones de barriles diarios, la mayoría a la UE. En un escenario en el que el pico de la extracción del petróleo convencional (el de mejor calidad y más fácil de extraer) se alcanzó en 2005 y el de todos los tipos de petróleo en 2018, reemplazar esos tres millones de barriles sin capacidad de aumentar la extracción mundial (más bien con una tendencia a la baja) se antoja todo menos sencillo.

Por supuesto, la nuclear no es una opción real. Primero, porque el pico global de uranio ya pasó. Segundo, porque Rusia y Ucrania están entre los principales extractores mundiales de ese mineral. Tercero, porque la nuclear solo produce electricidad, que representa únicamente el 20% del consumo. Cuarto, porque hace tiempo que dejó de ser económicamente viable. Y quinto, porque simplemente no hay tiempo para aumentar el parque nuclear. Y todo esto sin hablar de la seguridad, ni de los residuos radiactivos.

Y en lo que respecta a las renovables de alta tecnología que usamos, también muestran carencias estructurales para poder sustituir a los combustibles fósiles con las mismas prestaciones, aunque no vamos a explicarlas ahora.

De este modo, un impacto obvio en la UE de un posible boicot energético a Rusia es el alza de los precios de la energía. Sobre este hecho hay que considerar al menos tres cosas. La primera es que esta trayectoria alcista viene articulándose desde bastante antes de la guerra. Su impulso no tiene que ver con la contienda bélica, por más que ahora se haya acelerado, sino con otros elementos coyunturales y, sobre todo estructurales de la crisis sistémica en la que vivimos, sobre los que aquí no hay espacio a entrar. Son procesos relacionados con la crisis energética y material global que ya estaban sucediendo.

El segundo factor determinante es que los precios de la energía y, más en concreto del petróleo, no pueden subir indefinidamente. Los combustibles fósiles no son una mercancía más, sino que son un requisito indispensable para que exista casi cualquier actividad económica. Por ello, un crecimiento excesivo del precio del petróleo conduce a una situación de crisis económica que retrae su precio. Esto ya lo vivimos en la crisis de 2008. Nuevamente, no es este el lugar para explicar en detalle este hecho, pero sí es importante constatarlo, pues plantea que el problema por delante no es fundamentalmente la inflación, sino una crisis económica mayúscula impulsada por la crisis energética, entre otros factores.

La importancia de considerar estos dos factores radica en no achacar a la guerra o a un posible boicot procesos que en cualquier caso ya estaban en marcha, algo que ya están empezando a realizar las clases políticas y empresariales europeas, con el PSOE a la cabeza.

El tercer elemento a considerar es que los procesos de boicot económico suelen tener importantes impactos en la población. Cuba, durante el Periodo Especial, o Sudáfrica durante el apartheid pueden ser dos buenos ejemplos. Esto llevaría a descartar (o al menos poner muy en duda) la opción del boicot en tiempos normales. Pero no estamos viviendo tiempos “normales”, ni volveremos a vivirlos. Vivimos una situación en la que las dificultades de acceso a la energía van a suceder (de hecho están sucediendo ya en distintos lugares del planeta) independientemente de que haya boicot. Pero no solo eso, también estamos viviendo una situación de emergencia climática y ecosistémica que requiere de una urgente desfosilización de la economía que no solo no va a poder ser planificada (ya no hay tiempo para ello), sino que no va a ser ejecutada por los poderes salvo cuando no tengan otro remedio porque simplemente no puedan comprar energía o en coyunturas como la guerra actual en Ucrania.

Dicho de otra forma, durante todos los conflictos bélicos que hemos vivido los temas ambientales han quedado relegados a un segundo plano. Esta vez no puede ser así, pues literalmente no hay margen climático. La transición tiene que ser ya y tiene que ser acelerada. Por eso, tenemos que hibridar las medidas ecologistas con las pacifistas, lo que da más sentido al boicot energético, pues obliga a la UE a asumir su responsabilidad histórica en la emergencia climática. Pero, además, no vamos a poder dar la espalda a las crisis energética y material global, pues la guerra está atravesada por ellas (por ejemplo, por la riqueza mineral y agrícola de Ucrania) y conseguir una paz duradera pasa porque la UE se desenganche de los combustibles fósiles.

Impactos en Rusia

Rusia se alterna con Arabia Saudí y EE UU, dependiendo del año, en los tres primeros puestos de extracción de petróleo (12% del total). Es el segundo extractor de gas, en este caso algo más lejos del primero, que es EE UU. Y el sexto de carbón. Con unos números así, aunque necesita exportar energía para cuadrar sus cuentas, probablemente pierda menos a corto plazo que la UE con un boicot (aunque no que EE UU).

Además, Rusia probablemente necesite cada vez más consumir su energía en lugar de exportarla (sobre todo ahora que se ha embarcado en una guerra que todo a punta que será larga), lo que le dará, además, una posición competitiva en el marco internacional a medida que al resto le salga más difícil el acceso y tenga que reducir su consumo. En el capitalismo fósil, quien abandona primero estas formas concentradas de energía es el más tonto. Pero en el mundo desfosilizado, que inevitablemente es nuestro futuro no tan lejano, la lógica es la contraria. Quien más tiempo se ate a las formas de producir carboadictas, es decir, más dilapide sus recursos en cosas espúreas en lugar de en las transiciones insoslayables, perderá resiliencia y estabilidad a medio plazo. Cuanto más se tarde en empezar la inevitable transición, más dolorosa será. De este modo, los “ganadores” de un posible boicot, EE UU fundamentalmente y Rusia en comparación con la UE, es más que posible que vivan un ajuste a la realidad posfosilista más dolorosa en el futuro que la que pueda experimentar la UE en el presente, si la lleva a cabo.

Pero los problemas para Rusia de la guerra en la que se ha embarcado no terminan ahí. Si EE UU, con el ejército más poderoso del mundo y una gran disponibilidad de combustibles fósiles, no pudo mantener la ocupación de Irak ni de Afganistán, es de esperar que Rusia tenga más problemas aún para sostener la de Ucrania, en caso de tener éxito en la invasión, máxime con el apoyo militar de la UE y de EE UU a la resistencia. Esta guerra le va a suponer un importante desgaste económico y energético, además de un descrédito internacional.

Es probable que de esto último sea muy consciente el gobierno de Putin y que su objetivo haya sido dar un golpe en la mesa que frene el avance de la OTAN antes de que llegase más lejos y fuese más difícil, pero que quiera salir del avispero en el que se ha metido lo antes posible. Esta es una importante baza a colocar en la mesa de negociación. Pero, para que no sea a costa de un gran número de cadáveres ucranianos y rusos, es mejor (bueno, es menos malo) que venga impulsada por medidas económicas.

Impactos en las clases populares

Como en todas las guerras, quien sufre realmente son las clases populares. La primera, la ucraniana, pero también la de la UE y la de Rusia, algo a lo que pueden contribuir las medidas de boicot si no se acompañan de políticas sociales.

El objetivo de estas políticas debe ser la construcción de seguridad real que nos permita sacudirnos el miedo que nos causa la guerra. La seguridad de la población no la garantiza una carrera armamentística, sino que pueda esquivar las violencias directas, estructurales (insatisfacción de sus necesidades básicas) y culturales. Ahí tiene que estar el centro de nuestra acción política para que las medidas de boicot no recaigan en la población vulnerabilizada. En realidad, esto es algo que tenemos que hacer en cualquier caso, ya que los primeros escenarios de un descenso en la disponibilidad energética y material ya están aquí (desabastecimientos de distintos bienes, por ejemplo), también de la emergencia climática (mayor virulencia y frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, por ejemplo) y ecosistémica (pandemias, por ejemplo).

En un contexto de reducción en la disponibilidad material y energética, lo que nos da más seguridad no es la fuerza bélica por hacernos con esos recursos. Serán guerras que nunca terminarán y que nos desgastarán dolorosamente. Lo que nos da más seguridad es depender menos de esos recursos, por más que el “desenganche” sea muy difícil. Facilitarlo pasa por una redistribución de la riqueza real con políticas radicales, como las expropiaciones, las rentas básicas y máximas o el desvío del gasto militar para fines socioambientales. También la construcción de autonomía social mediante la articulación de alternativas al capitalismo para la satisfacción de nuestras necesidades. Esto requiere decrecimiento y transición hacia tecnologías realmente renovables (construidas y alimentadas con energía y materiales renovables).

Este paquete de medidas puede resultar políticamente irreal para muchas personas. Es triste que así se perciba porque, aun siendo difícil, es mucho más consciente del mundo en que vivimos que el belicista. La mirada militarista considera que seguimos en el siglo XX, que todavía es posible una guerra a gran escala con un derroche energético y material brutal, apoyándose en una estabilidad climática y ecosistémica que ya no existe. Constatar que el ser humano es ecodependiente tiene ramificaciones en muchos sentidos, uno de ellos es el militar.

Inspirémonos en movimientos como Mujeres de negro o Madres de Plaza de mayo que, en contextos muy duros y difíciles, fueron capaces de abrir espacios de utopía que cambiaron nuestras realidades.

Nota
La mayoría de los datos tienen como fuentes a Pedro Prieto, Paco Ramos y Carbon Tracker.

Luis González Reyes
El Salto

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