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La teocracia del crecimiento

Podemos concluir, por sentido común y por contraste con toda la ciencia disponible, que la economía actualmente hegemónica, la escuela denominada neoclásica marginalista, es anticientífica y que se fundamenta no en la razón, sino básicamente en la fe.

Si salimos a la calle y le preguntamos a cualquier persona de un país occidental si considera que vive bajo un gobierno de fundamentalistas religiosos, sería muy sorprendente que alguien dijese que sí (a menos que tuviese su residencia en algún lugar como Texas, claro). «Nuestros gobiernos son laicos y gobernados por la razón, guiados por la mejor ciencia disponible en cada asunto donde la ciencia tiene algo que decir. Faltaría más.» Pero la realidad es que esta percepción social es totalmente errónea: las políticas más importantes de nuestros países, aquellas que condicionan todas las demás, es decir, las políticas ecónomicas, están basadas en un pensamiento mágico, que contradice las ciencias físicas, y que por tanto es perfectamente equiparable a una religión. Y esa religión no reconocida, pero dominante a escala planetaria, bien podría denominarse la Iglesia del Crecimiento Perpetuo. No es tanto que el crecimiento haya «sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos», como afirma Yorgos Kallis, sino que el crecimiento es ahora la Religión, con mayúscula.

Según una famosa cita atribuida a Kenneth Boulding —quien además de ser un notable economista fue uno de los padres de la ciencia de sistemas—, alguien que creyese que el crecimiento infinito era posible en un planeta finito sólo podía ser o un loco o un economista. Lo que viene a decirnos ese acertado aforismo es que una economía que se fundamente en la posibilidad de crecer indefinidamente es una completa irracionalidad. No hace falta cursar un doctorado para llegar a esta conclusión lógica: no hay nada en el mundo real, ningún ser ni objeto natural, que crezca ad infinitum. Todo aquello que crece llega un momento en que deja de hacerlo; es decir, su crecimiento es temporal y llegado a un punto, se detiene. Boulding lo explicaba hace medio siglo comparándolo con el crecimiento de las personas:

«Los problemas del siglo XX no son diferentes de los de la adolescencia: un crecimiento rápido que excede la capacidad de las organizaciones para gestionarlo, una emoción incontrolable y una desesperada búsqueda de la identidad. Pero después de la adolescencia, llega la madurez en la cual el crecimiento físico, con todas sus dificultades inherentes, llega a su fin, pero donde se sigue creciendo en conocimiento, en espíritu, en comunidad y en amor; es esto lo que esperamos también como especie humana».

Sin embargo, lejos de cumplirse esa esperanza de Boulding, durante el siglo pasado no hizo sino consolidarse el dominio dogmático de una visión magufa de la economía que —del mismo modo que el Cristianismo o el Islam se elaboran como doctrinas religiosas basándose en credos previos— hundiría sus raíces en mitos previos con siglos de antigüedad y un inmenso poder cultural: el mito del Progreso, el mito de excepcionalismo humano o el mito de la separación y dominio del Homo sapiens con respecto al resto de la Biosfera.

Interpretar esta religión oculta pero hegemónica por medio de la analogía biológica nos puede resultar enormemente útil para comprender los efectos de no detener el crecimiento a tiempo: así, el cáncer y las plagas se convierten en contraejemplos de gran valor esclarecedor y predictivo, pues todo el mundo sabe que ambos terminan muy mal. Por si fueran insuficientes la apreciación intuitiva y el sentido común, o las matemáticas más simples, disponemos también desde hace al menos medio siglo de advertencias científicas que se han demostrado sorprendentemente precisas al contrastar sus predicciones con la realidad actual, como la del modelo informático World3, utilizado en Los límites del crecimiento (1972) por el equipo liderado en el MIT por Donnella Meadows: o abandonamos nuestra obsesión por el crecimiento, o habrá un colapso trágico del mundo humano. Recientemente el último premio Nobel de Física, Giorgio Parisi, se lo recordaba a parlamentarios de todo el mundo reunidos en la preparación de la cumbre del clima COP26, con un suave pero sacrílego ataque al tótem de esta Iglesia Crecentista: «El PIB no proporciona una buena medida de la economía. (…) Los políticos, periodistas, economistas que planean nuestro futuro y monitorizan el progreso que se ha realizado, deben usar un indicador que tenga en cuenta otros aspectos aparte del Producto Nacional Bruto». Pocos días después, el presidente español Pedro Sánchez clausuraba un seminario bajo el inaudito título «Más allá del PIB» con palabras que reconocían los defectos de dicho tótem, pero para no ser excomulgado por sus correligionarios, inmediatamente volvía a hacer acto de fe afirmando, contra toda prueba científica disponible, que «la reducción de CO2 es compatible con el crecimiento, a través de la transición energética».

Y es que vistiéndose con ropajes pseudocientíficos y estandartes nuevos como la «transición energética», la «economía circular», el «hidrógeno verde», «la transición digital», el «coche eléctrico» y muchos otros —cuanto más moderna y tecnológica suene la letanía, mejor—, recitando los mantras de «la eficiencia, la innovación y la competitividad», pretenden mantener viva su ya desacreditada religión, como intentaron mucho antes que ellos las élites romanas cuando los tiempos cambiaban, mediante el sincretismo religioso con las nuevas religiones que penetraban en el Imperio, o como las diversas confesiones cristianas han ido adaptando sus dogmas para dar cabida a constataciones científicas relativas a la creación del universo o a la evolución de las especies con conceptos como el del diseño inteligente del Universo. Son tácticas con siglos de antigüedad que siempre buscan la pervivencia gattopardiana de los dogmas de las religiones tocadas de muerte, cuando la realidad los hace ya insostenibles. Trágicamente, nuestros líderes se parecen cada vez más a esos líderes tiránicos de sectas que, cuando se demuestra que no van a venir los ángeles en sus platillos volantes a llevarse a sus acólitos a la derecha del Padre, están dispuestos a cubrir el fallo de sus dogmas con un baño de sangre que no deje a nadie atrás. Y sabemos que el Dios Dinero (aquel que los evangelistas cristianos llamaron Mammón) nos acabará fallando al final, porque no nos va a servir para comprarnos un planeta nuevo cuando hayamos destruido el único que tenemos.

Por tanto, podemos concluir, por sentido común y por contraste con toda la ciencia disponible, que la economía actualmente hegemónica, la escuela denominada neoclásica marginalista, es anticientífica y que se fundamenta no en la razón, sino básicamente en la fe. Un economista ecológico relataba en una ocasión su conversación con un catedrático de economía acerca de la imposibilidad de continuar creciendo. El economista ortodoxo le reclamaba al ecológico datos que soportasen su afirmación, y este aceptó el reto pidiéndole, a su vez, datos que apoyasen la confianza del catedrático en el crecimiento perpetuo, a lo cual este respondió: «Esos datos no existen porque los avances disruptivos no son previsibles, pero los habrá». Amén. Ahí muere toda discusión racional, en cuanto entra en acción la fe. «Ante posiciones de fe, ya no hay argumentación posible», concluía nuestro herético economista ecológico.

El santo catecismo de esta Iglesia incluye viejos dogmas economicistas como la perfecta sustituibilidad de los factores productivos (si falta energía o una biosfera sana, ¡se sustituye con capital y santas pascuas!) y algunos de más reciente cuño como la desmaterialización de la economía (las economías pueden seguir creciendo sin que crezca su consumo material y energético, moviendo los inmensos metabolismos industriales por arte de birlibirloque). Pero las consecuencias del estrepitoso fallo de los dogmas de esta religión, no sólo las va a pagar la posteridad con un futuro devastado, sino que las estamos ya sufriendo en propia carne aquí y ahora, en el presente y en todas partes. Y ello sin olvidarnos del hecho incontrovertible de que la rama más asesina de esta Religión, el llamado Neoliberalismo, tiene a su cuenta miles de muertos en las últimas décadas, principalmente en los países llamados «en desarrollo» (países en fase de colonización criptorreligiosa, sería más apropiado llamarlos) mediante esas campañas de cruzada neoliberal en las Tierras Santas de los recursos llamadas Planes de Ajuste.

Pero sin necesidad de remontarnos históricamente podemos también apreciar en la actual falta de suministros que se está produciendo en todo el mundo la consecuencia de un sistema de comercio mundializado, de una era de deslocalizaciones y de abastecimiento just-in-time que partía de la premisa (puramente religiosa) de que el petróleo barato iba a durar para siempre y que siempre iba a tener sentido económico concentrar toda la producción mundial en un par de fábricas y luego mover cada pieza decenas de miles de kilómetros de país en país buscando la eficiencia de costes. Un sistema que sacrificó en el altar de la plusvalía monetaria las necesarias características de redundancia y racionalidad energética imprescindibles para la resiliencia de cualquier sistema, sea artificial o natural. Esto es, en el fondo, el resultado del dominio del pensamiento mercadolátrico y tecnolátrico propio de la Iglesia hegemónica y sus presupuestos sin base científica alguna.

Y así también, el actual encarecimiento de la electricidad en Europa es, en buena medida, la consecuencia de un sistema de determinación de precios marginalista ideado por unos economistas neoliberales que creían que pagar toda la electricidad al precio de generación más caro estimularía la aparición (nótense las connotaciones sobrenaturales del término) de nuevas energías y tecnologías, en un ejemplo más de la parusía tecnológica propia de esta fe. Sin embargo, el contraste de esta absurda fe con el mundo de las energías realmente existentes, en el que el gas natural se enfrenta a su previsible Peak Exports (todos los combustibles finitos se terminan acabando, y antes de agotarse deja de ser rentable energéticamente extraerlos, y antes que eso se acaba la capacidad exportadora de los países donde se extraen), nos cuesta cada mes millones de euros a quienes no nos queda más remedio que ser sus feligreses sin saberlo. Y cada día, este cepillo obligatorio que nos pasan los sumos sacerdotes en el templo del libre mercado nos saldrá más y más caro, mientras siguen construyendo moáis tecnológicos como la 5G, el coche eléctrico o toda la Cuarta Revolución Industrial (¡alabada sea!)… hasta que lleguemos al punto en que tengamos que abandonar, con los bolsillos completamente vacíos, sus templos económicos, excluidos del sistema, excomulgados al desempleo y al desconsumo. Mientras, los concilios del G20, de la Comisión Europea o del Foro de Davos prosiguen marcando el camino ortodoxo hacia la extinción sacrificial de nuestra especie.

Todo esto sería ridículamente gracioso, propio de una película de los hermanos Marx o de Monty Python, si no fuese esta Sharia económica la que rige con mano de hierro nuestras vidas día a día y la que nos está llevando de cabeza a un suicidio colectivo. A diario se nos extrae por medio de los impuestos un diezmo religioso que se pone inmediatamente al servicio de este conjunto de dogmas. Por supuesto que hay unos imprescindibles servicios públicos que también se financian con esos impuestos, pero no podemos engañarnos pensando que son un objetivo primordial de los gobernantes adscritos a esta fe. En realidad, no dejan de ser una especie de hipócrita caridad estatal (el Welfare State bien podría verse como la gran Cáritas de esta Iglesia), unos beneficios obtenidos colateralmente de su gran misión y que nos han logrado mantener apaciguados desde hace casi un siglo, pero siempre supeditados a la mayor gloria del beneficio privado del capital, único motor que justifica, en realidad, el mandamiento religioso del crecimiento. De la misma manera que la Iglesia cristiana, entre otras, funcionó al servicio del poder a lo largo de buena parte de su historia, ahora constatamos cómo la Iglesia del Perpetuo Crecimiento se mantiene en pie únicamente porque presta un vital servicio a los mismos de siempre: nos obcecamos en seguir creciendo, única y exclusivamente porque les resulta beneficioso a quienes detentan el auténtico poder, el económico. Es falso que necesitemos crecer: lo que necesitamos se puede lograr sin crecimiento, de hecho… una vez hemos chocado con los límites de la realidad, dejar de crecer es la única manera de lograr lo que necesitamos: una vida digna para todas las personas y una casa biosférica que no se nos derrumbe encima. Pero quizás lo más trágico es que los ayatolás del PIB no se dan cuenta de que esa iglesia se convertirá también al final en su propia tumba. Como escribió Frank Herbert en su famosa novela Dune: «Cuando religión y política viajan en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá interponerse en su camino. Se vuelven apresurados… viajan cada vez más rápido y más rápido y más rápido. Dejan de pensar en los obstáculos y se olvidan de que un precipicio siempre se descubre demasiado tarde.»

Nos llevamos las manos a la cabeza, con razón, por las atrocidades cometidas por regímenes teocráticos como el de los talibanes, atentando a diario contra los derechos de millones de mujeres en Afganistán, guiados por su dogma religioso. Pero ¿acaso nuestros democráticos gobernantes no los superan al destruir el propio derecho a la vida de incontables generaciones futuras con su dogma del crecimiento perpetuo? Porque insistir en seguir creciendo, cuando uno ya ha chocado con los límites de su propio crecimiento, sólo puede causar dolor y destrucción. Por tanto, no parece exagerado afirmar que la escuela económica que dirige el mundo bien merecería encabezar las listas de sectas destructivas. Otro concepto similar que también estaría justificado emplear es el de yihad o el de cruzada, bajo cuyos nombres se han justificado —ayer y hoy— miles de muertos a lo largo y ancho del mundo, aumentando los sangrientos saldos de los más dañinos fundamentalismos religiosos. Sin embargo, la religión más genocida, la que insiste en que producción, consumo y polución sigan creciendo como un auténtico cáncer destructor de vidas humanas y no humanas, sigue sin ser reconocida como tal, y por tanto no percibimos que la guerra civil mundial en la que estamos embarcados, contra la vida actual y futura, es en realidad la peor de las guerras santas que jamás haya existido.

Por supuesto, cualquier ministra de economía o presidenta de gobierno o de Estado occidental negará con indignación cualquier acusación de estar guiada por la religión y defenderá su laicismo y el carácter técnico y científico de sus decisiones en política económica. Por eso hablamos de una criptorreligión, un culto religioso que niega serlo, pese a tener un funcionamiento, un objetivo y una estructura que se corresponden de manera sorprendentemente ajustada al paradigma religioso. Y precisamente por ese ocultamiento de su carácter religioso, resulta mucho más peligroso y difícil de combatir. No cabe ninguna duda de que esta religión es parte constitutiva de esa cultura o civilización que llamamos Capitalismo, que es el auténtico marco religioso de la Modernidad, y que no pocas voces han identificado desde entonces como un culto tanático, un culto a la muerte. Walter Benjamin lo denominaba «quizás el culto más extremo que jamás haya existido». El crecimiento constituiría así, la norma moral suprema para cumplir con aquello que constituye «el único sacramento de la religión capitalista: el crédito-débito», como concluye Giorgio Agamben a partir del protoecosocialista Benjamin.

Percibirlo en estos términos ayuda a comprender por qué cuesta tanto afrontar las salidas más lógicas, simples y efectivas al cataclismo climático hacia el que nos dirigimos, y sobre todo nos aporta claridad a la hora de combatirlo. La mitigación del cambio climático o cualquier otra consecuencia de la extralimitación a la que nos ha conducido la irrefrenada metástasis del crecimiento civilizacional no se trata de un problema técnico que resolver con nuevas tecnologías, ni siquiera de un problema político. Esto ya no va solamente de lucha de clases, no. La batalla definitiva que está librando nuestra especie contra sí misma, tiene lugar simultáneamente en el terreno social, en el cultural, en el simbólico y en el del mito. Nos enfrentamos, pues, a una auténtica y asimétrica guerra de religión, a un exterminio a la altura de las matanzas religiosas más terribles de la historia. Reconocerlo y denunciarlo como tal debería ser el primer paso para arrojar a los teócratas de sus púlpitos y poner, al fin, a una ciencia honesta, no reduccionista, comprometida con la vida, al servicio del futuro y liberada de los grilletes y de la censura de la hegemonía religiosa, a guiarnos hacia la supervivencia y la emancipación.

Manuel Casal Lodeiro es padre, activista y divulgador. Autor de La izquierda ante el colapso de la civilización industrial y Nosotros, los detritívoros. Coordinador de la Guía para el descenso energético, de la revista 15/15\15 para una nueva civilización y del Instituto Resiliencia.

Viento Sur

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